Por César Hildebrandt
El único mérito que puedo concederme en esta vida moteada de
algunos éxitos y muchos fracasos, en esta carrera ingrata que me
eligió, en este oficio artesanal de tratar de encontrar la verdad que a
pocos importa y las mentiras que ya no escandalizan, el
único mérito que me concedo, digo, es no haber cedido a la tentación
del medio: resígnate, así es el Perú, tolera lo que todos, créeles a
los idiotas de la derecha, a los que hacen negocios turbios y a la vez
editorializan en relación con “los valores de la democracia” (cuando
la verdad es que se zurran en ella y en lo que significa).
Naces en este país hermoso y complicado y la primera
sugerencia que te asalta es la del estoicismo: quédate quieto, tranquilo
hermano, así es esta vaina, esto no lo arregla ni el sillau. Y
se te puede pasar la vida haciéndote el de la vista gorda, haciéndote
el loco y asistiendo con cara de palo a las grandes mecidas.
–Nada puedes hacer, esas son las reglas– susurra el aire tóxico de Lima.
–Esto no lo ha cambiado nadie– remacha una sombra, la sombra de lo que pudiste ser.
Me van a perdonar pero yo jamás creí en eso. Jamás hice el
muerito en el mar de los sargazos de las voluntades, quebradas o
roídas. ¿Por qué? Porque siempre creí que en el país de las cabezas
gachas había que mirar lo más lejos que se pudiera. Porque
viendo a las hormigas a uno le dan ganas de volar. Porque hay belleza en
la rebeldía y una flácida fealdad en el conformismo.
Porque, en fin, siendo un viejo creyente del agnosticismo
siempre he pensado que Jesucristo fue un hombre revoltoso asesinado por
el orden imperante. Y que sin la rebeldía de Cáceres habríamos
detenido nuestra historia en el mísero Iglesias. Y que sin la rebeldía
de De Gaulle los franceses habrían tenido que arrastrarse junto a
Petain, ese gran derechista pro nazi.
Mi generación ha fracasado. Pudimos tener a
un refundador del país y construimos a García. Pudimos tener a un
inconforme consagrado por las multitudes, a alguien que estuviese más
impulsado por el amor que por el odio, pero nos detuvimos en Robespierre y en sus encarnaciones criollas.
Pudimos tener un país y lo que permitimos fue un mal. Ahora la pelota está en el tejado de los jóvenes. De ellos dependerá que este país cambie de verdad.
Hace como mil años que vivimos hablando en voz baja, consintiendo.
Hablamos bajito cuando los incas podían desollarte. Y más bajito cuando los españoles te podían trocear. Y
todavía con murmullos cuando fuimos libres de boca para afuera pero
súbditos de los sucesivos caudillos que creían que el Estado era un bien
raíz y una chacra para los amigotes. Así fuimos haciendo esta gran
Aracataca. Macondo hicimos.
Pensar era –y es– una anomalía. Disentir, una provocación. Rebelarse, una extensión de la locura. En un país dominado por la injusticia hablar de la injusticia te podía costar El Frontón. Y luchar contra ella, la vida.
Pensar era –y es– una anomalía. Disentir, una provocación. Rebelarse, una extensión de la locura. En un país dominado por la injusticia hablar de la injusticia te podía costar El Frontón. Y luchar contra ella, la vida.
Frente a un Túpac Amaru hubo cien Piérolas creando sus
propios califatos. Porque el miedo a la libertad no es solo el título de
un libro de Fromm. Es la consigna que la derecha le ha
impuesto al Perú. Está en su escudo desarmado y en sus genes vendedores
mayoristas de su propio país.
Todos roban –te dicen–. Y eso es casi una invitación a robar. Porque si todos roban, ya nadie roba.
–Aquí no hay castigos ni recompensas, todo se olvida– te muelen repitiéndolo. Y eso es otra incitación a la impunidad.
Lo criollo es también esta salsa espesa de quietud egoísta. Las
verdaderas tradiciones peruanas no son las de Ricardo Palma: son decir
sí y estar en la foto.
¿Exigir cambios? Eso es –dicen los que cortan el jamón y los
idiotas de sus services– de chavistas, rojos, perfeccionistas, amargados
y renegones. En el Perú la ira de los pobres se combate con misas o
balazos y hay un estoico agazapado en cada futuro, detrás de la
maleza de los días. Y cuando estemos lo suficientemente ablandados,
vendrá el tiro de gracia. Y cuando venga el tiro de gracia, cuando ya no
pienses sino en ti mismo y bailes solo en la loseta ínfima que te
asignaron, ese será el día final de tu hechura: serás uno de ellos.
Hablarás como ellos, maldecirás como ellos, venderás como ellos. Y,
sobre todo, harás lo que ellos: negar al otro y sólo reconocerte entre
los tuyos.
Que los jóvenes aprendan la lección. Nada cambiará si no matamos la resignación.
Porque la democracia no consiste en votar de vez en cuando. Consiste en ejercer la libertad a cada rato.
Porque la democracia no consiste en votar de vez en cuando. Consiste en ejercer la libertad a cada rato.
Los esclavos no aman la libertad –esa es una mentira altruista–. Solo los libres pueden amar la libertad y defenderla.
La mansedumbre no es madurez sino derrota. El aguante es la amnistía crónica. La docilidad es lo que se les exigía a
los negros carabalíes embarcados a la fuerza en el puerto de Macao. La
libertad no mata. La paciencia es una mentira teologal que contradice a
Cristo y que Cipriani aplica en cada hostia. Cristo fue impaciente. La
vida es una ráfaga impaciente.
Los peruanos no nacimos un día en el que Dios estuvo enfermo, como decía Vallejo de sí mismo. Naceremos el día en que sepamos apreciar el vértigo creador de la palabra desacato. El desacato no es el caos. Caos es lo que vendrá cuando las presiones sociales, contenidas por el plomo y la mentira, revienten otra vez.
Los peruanos no nacimos un día en el que Dios estuvo enfermo, como decía Vallejo de sí mismo. Naceremos el día en que sepamos apreciar el vértigo creador de la palabra desacato. El desacato no es el caos. Caos es lo que vendrá cuando las presiones sociales, contenidas por el plomo y la mentira, revienten otra vez.
Y ahora sería un magnífico desacato, un descomunal acto de rebelión democrática o dejarse engatusar por
quienes quieren, en el colmo de la indignidad, que premiemos a la hija
de un ladrón y asesino –ladrona ella misma al gozar del dinero robado–
con la presidencia de la República.
Y todo por cerrarle el camino a un señor que quiere cambiar algunas cosas. Solo algunas cosas.
Un señor al que la experiencia ha moderado y que se ha comprometido a
no hacer experimentos anacrónicos. Pero que sí quiere que las mineras
paguen lo que deben, que los impuestos sean más directos, que los viejos
estén menos desamparados, que haya menos hambre y que la pobreza rural
se atenúe todo lo que se pueda sin desbaratar la economía. Y que quiere
también que el gas peruano abastezca primero a los peruanos y que los
grandes proyectos de exploración y explotación de la minería y del
petróleo se concilien con los intereses nativos y las normas ambientales
que no se están cumpliendo.
La derecha quiere volver a demostrarnos que siempre gana.
Presentó cuatro candidatos –cuatro variaciones de la misma melodía:
Castañeda, Toledo, PPK y K. Fujimori– y los cuatro perdieron. Ganó
un hombre gris que propuso algunos cambios. Y lo peor: sale la primera
encuesta pos primera vuelta y el hombre sin demasiados atributos ¡sigue
ganando! Y sigue ganando porque Lima, este espanto, no es el Perú.
Porque el gobierno de Las Casuarinas está en crisis. Porque el modelo
García, una combinación de Caco con Friedman, drena sanguaza.
Entonces, la derecha propone liquidar, de una vez y para
siempre, esta pesadilla que aturde al dólar, baja las acciones, hace
chorrear el rímel. Para eso están su tele, su radio, sus periódicos. Y se deciden por lo previsible: la campaña del terror.
Solo el terror podrá salvarlos. Porque saben que su prontuariada candidata es impresentable aun para 75 por ciento de peruanos.
Lo único que cabe, entonces, es bombardear al incómodo reformista con
todos los B-52 de la calumnia, el rumor, la mugre, la idiotez que los
cándidos pueden propagar. El propósito es el homicidio político del
hombre que propone algunos cambios. Y los muertos no pueden ganar
elecciones.
Hablan de intromisión extranjera los que quisieran anexarse a
los Estados Unidos o al Chile potente que sus tatarabuelos dejaron
entrar con su cobardía y su desunión. Denuncian que la libertad
de prensa peligra quienes despiden a periodistas que se niegan a
sumarse al lodo de la campaña contra Humala. Y advierten que el empleo
está amenazado quienes han creado la mayor cantidad imaginable de
empleos basura y services explotadoras.
Y a todo esto le llaman “elecciones democráticas”. A
ensuciar la inmundicia le llaman “debate”. Y no tienen problema alguno
bancando a una candidata indecente. Ellos representan la vieja
indecencia de las encomiendas, las ladronas leyes de consolidación, el
festín del guano. La señora K. Fujimori les cae como anillo al dedo.
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