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30 Apr 2011

El diario "El Comercio" al descubierto

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Cuando muchos lectores aun creen que están leyendo a un diario referente, algunos sabemos que esto no es así; pues están manejado con la finalidad de proteger a ciertos grupos minoritarios; también son responsables de desinformar y/o manipular tendenciosamente a toda una población.

¿Por qué algunos medios de comunicación "gritan" a los cuatro vientos "libertad de expresión" si son los directos responsables de callar a sus empleados?.    

Cuando "El Comercio" se vendía por columna

José María Samper, nacido en 1828 y muerto en 1888, fue un prolífico escritor, polemista y político liberal colombiano. En su libro "Historias  de un alma", publicado en 1881, Samper cuenta, al final de la tercera parte, cuál fue su experiencia como redactor principal del diario "El Comercio", de Lima, entre los últimos meses de 1862 y los primeros de 1863. Este es su inmortal ( y hasta ahora piadosamente escondido) testimonio.

Hacía algunos meses que yo redactaba El Comercio y la Revista América, cuando ocurrió un incidente que me causo mucho desagrado. Yo escribía con entera independencia, mostrando igual moderación cuando aplaudía o censuraba los actos del Gobierno. En cierta ocasión en que el gobierno tenía mucho interés e  que la prensa le aprobase, digno de censura, hicieron esfuerzos conmigo varios sujetos ministeriales para que yo torciese mi opinión; pero resistí a toda instancia, dando mis razones, y mandé componer en la imprenta de El Comercio el editorial que tenía escrito sobre el asunto. No me dieron oportunamente pruebas para corregirlo, y fue demorada su publicación por un día. ¡Cuál no sería mi sorpresa, después de poner el Tírese del caso, respecto del editorial, que era exclusivamente mío, al ver en la misma seccion, a continuacion de mi artículo, otro que me contradecía punto por punto, como si su desconocido autor hubiese tenido a la vista mi manuscrito!.

Procedí inmediatamente a pedir la explicación del caso, y ni el propietario editor, ni los compañeros de redacción, ni el director de cajistas pudieron dármela: todos apelaron a subterfugios o se declaraban inocentes del hecho. Me apresuré a declarar en el diario que se había cometido un error o un abuso; que el articulo publicado en oposicion al mío no era eitorial, y que yo solo respondía de mis propios escritos, no de los ajenos; y pensé que el caso no se repetiría.

Pero se repitió por tres veces, y como yo me mostraba indignado y buscaba con empeño la explicación del hecho, un amigo que estaba instruido en muchos secretos me buscó para decirme lo siguiente: "Usted es víctima de un miserable engaño, y todas las protestas que le hacen son falaces. El Comercio está secretamente vendido al Gobierno: recibe una subvencion mensual de trescientos pesos, y además, treinta por cada columna que se llene con articulos semioficiales. Los editoriales de usted, cuando contienen censuras, son comunicados inmediatamente a los ministerios, para que allí los refuten; y por eso, a continuacion de lo que usted escribe, aparecen refutaciones como editoriales. Si usted quiere conocer la evidencia, tome súbitamente en la imprenta la llave del escarapate donde se guardan los originales, y no le quedarán dudas".

Como este informe era tan preciso y positivo, y yo tenía ya muchos datos para creer que el editor de El Comercio tenía un contrato secreto con el Gobierno, resolví seguir el consejo. Entré repentinamente en la oficina de correcciones, me apoderé de la llave del escaparate, examiné los paquetes de originales de los números que habian ocurrido las aparentes trocatintas, y hallé los cuatro articulos contrarios a los míos de puño y letra de uno de los ministros (el coronel Frayre) y dos de los subsecretarios de Estado. Provisto de estas pruebas irrefutables, entré en el despacho del señor Amunátegui y le dije:
  • He adquirido las pruebas de lo que yo había insinuado a usted como grave motivo de queja: ¡El Comercio está secretamente vendido al Gobierno!
  • ¿Pero qué pruebas tiene usted? - me preguntó el señor Amunátegui, creyendo poderme contradecir.
  • ¡Véalas usted!-le contesté, mostrándole los articulos oficiales, que precisamente habian pasado por sus manos.
Don Manuel inclinó la cabeza en silencio, y apenas se atrevió a decir, muy azorado:
  • Qué quiere usted...
  • Pero esto no es decente - le observé. He sido indignamente engañado.
  • ¡ Ah, señor doctor ! - repuso. La política y los negocios imponen necesidades.  
  • Sin duda - repliqué indignado, ¡Pero también es necesario respetar y considerar el honor de los hombres, la dignidad de las ideas y de la prensa, y la reputación de los amigos con quienes se contrata!
  • Pero todo esto puede componerse...
  • ¿De qué manera?
  • Procediendo con cierta maña... con cierto espíritu de conciliación...
  • Yo no entiendo de mañas ni amaños - repuse con firmeza - y estimo en mucho mi probidad de pensador y mi dignidad de escritor.
  • Pero usted sabe - observó el señor Armunátegui-que El Comercio tiene por regla una completa libertad...
  • Enhorabuena: que sea tan libre en sus publicaciones como usted quiera; pero que no se me haga aparecer como cómplice de tratos que me son extraños ni de ideas opuestas a las mías.
El resultado de tan desagradable entrevista fue el siguiente convenio: mi independencia de redactar sería enteramente respetada; jamás se insertaría en la sección de fondo lo que no fuese mío o yo no prohijase expresamente, y el editor propietario insertaría en las secciones de comunicados, remitidos, o crónica o inserciones lo que le conviniese; siendo bien entendido que él solo asumiría la responsabilidad legal y moral.

A los ocho o diez días fue violado el convenio con otra infidencia o perfidia como las anteriores, y entonces estallé. Le declaré rotundamente al señor Amunátegui que debía escoger entre el Gobierno comprador y el redactor independiente; y como aquel, después de hacerme reflexiones inútiles, me manifestó que no podía romper su convenio secreto de subvención, porque se arruinaría en sus negocios de lonja y de publicidad; le notifiqué que por mi parte rompía el contrato que me ligaba a El Comercio, y que le haría saber al público los motivos. Me habló el señor Amunátegui de indemnización, si yo la exigía, y le declaré que ninguna reclamaba, puesto que no había de pagarme él los muchos miles de pesos que me costaba el viaje al Perú, el establecimiento en Lima, y el déficit que todos los meses había en mí presupuesto, aun viviendo con notoria modestia, por ser la vida excesivamente cara en aquella ciudad.
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Tuve la generosidad, por súplicas del señor Amunátegui y de sus parientes, de no divulgar lo ocurrido; y solo manifesté en El Comercio, al despedirme, que me separaba de la redacción porque así convenía a la independencia de mi carácter y a mis convicciones. Solo alcancé, pues, a servir en la redacción del Diario y la Revista durante siete meses, cuando había esperado servirlas durante cuatro o cinco años; y en lugar de exigir indemnizaciones sufrí grandes perjuicios, con un desinterés que rayó en tonterías.
Apenas había yo notificado el rompimiento de mi contrato, cuando el doctor José Gregorio Paz Soldán, presidente del Consejo de Ministros, sujeto que me trataba con mucha deferencia y consideración, me fue a visitar y hacerme a no separarme de El Comercio y la Revista, ni menos alejarme del Peru.           
  • No se vaya usted, Dr  Samper - me decía. Usted, con las aptitudes que tiene, puede volverse millonario aqui. 
  • Sí, señor; eso es posible-le contesté. Pero sería vendiendo mi conciencia; sería vendiendo mis escritos o mi silencio, y entrando en un camino de ignominiosas especulaciones. Yo desprecio toda riqueza adquirida de tal modo; y no solo por el carácter honrado, heredado de mi padre, sino también por educacion social, recibida en Colombia, donde se estima en mucho la dignidad del escritor, soy absolutamente incapaz de plegarme a las exigencias o prácticas de un periodismo venal y una politica de lonja.
  • Usted exagera las cosas-me dijo don José Gregorio.
  • Es posible-repuse-que yo dé excesivo alcance a las sugestiones de usted, bien que no comprendo cómo podría un periodista volverse millonario de otra suerte. Mas prefiero sea como fuerte, prefiero irme a vivir a mi patria, pobre y con dignidad, antes que estar aquí rodeado de dificultades que un hombre honrado no puede aceptar.
Así acabo mi tarea de periodista en el Perú; y no sin razón, al considerar lo que allí sucedía y conocer a fondo las condiciones de la política que se practicaba, predije con tristeza la mala suerte que, tarde o temprano, correría la nación peruana, en cuyo seno prevalecían practicas bizantinas profundamente corruptora. Por desgracia, el tiempo se encargó de justificar mis predicciones, porque, después de muchos años de despilfarro inaudito, de ignominioso peculado, de traiciones y escándalos de todo linaje, el pueblo peruano ha dado al mundo, en su guerra con Chile, la prueba evidente de que había perdido el espíritu de la nacionalidad de la nacionalidad, el sentimiento del patriotismo y la conciencia del deber que le imponían su titulo de Estad independiente y sus instituciones republicanas[1].

El diario peruano "El Comercio" se caracteriza por su parcialidad con los grupos de poder, particularmente los económicos; lejos de ser o ganarse el respeto, hoy en día es un diario sin trascendencia plagado completamente de seudo-periodistas; de malos redactores, que manipulan la información para proteger sus intereses egoístas; lejos de pregonar una autentica forma de libertad de expresión, subyuga a sus empleados para obedecer las órdenes.

Finalmente respondiendo a la interrogante de la introducción, podemos decir que es necesario plantear códigos que deben ser respetadas por los medios de comunicación, con la única finalidad de tener medios imparciales que contribuyan al debate, al análisis con sus publicaciones, que respeten y diferencien la vida privada y pública de toda persona y sobre todo realizar un papel digno de un periodista, con objetividad; sino simplemente hace honor a su nombre de "El Comercio" que utiliza a sus empleados con fines comerciales.   

Referencia:
[1] Semanario Hildebrandt en su trece (07/01/2011)

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