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24 Sep 2010

El antropólogo Rodrigo Montoya: Sobre música y canto

El antropólogo Rodrigo Montoya habla de política, Música y canto. También del conflicto entre Martha Hildebrandt e Hilaria Supa. Recuerda sus libros y anuncia otros. 
Esta mañana don Rodrigo Montoya está dispuesto a hablar de todo; está un poco molesto, intranquilo, digamos. Su hermano Edwin, cantante y virtuoso guitarrista, canceló la cita de hoy, que iba a ser una conversación entre tres.

Sus grados: Licenciado en Letras (Universidad Nacional Mayor de San Marcos); doctor en Antropología (San Marcos), doctor en Sociología (Academia de Paris, Université de Paris René Descartes); Profesor Emérito de San Marcos; Profesor Honoris Causa de la Universidad San Antonio Abad del Cusco.


—Edwin me acaba de llamar y me dijo que, por favor, lo disculparas, que tuvo algo sumamente urgente que atender. 
—No hay problema, don Rodrigo. Todo está bien. 
La biblioteca de Montoya es envidiable. En este lugar todo parece fluir al ritmo de una canción. Miles de libros de todos los tamaños y todos colores han cubierto todas las paredes. En este lugar, el antropólogo afina con cuidado el libro que lanzará el próximo año para conmemorar el centenario del nacimiento de José María Arguedas. Afina también un libro sobre el Baguazo, afina algunos artículos, su columna semanal y a veces una guitarra. Es tan cómoda su biblioteca, tan iluminada, tan ventilada que de vez en cuando se acerca a la ventana un colibrí, instante que el fotógrafo no puede graficar la inesperada la visita.
—Se fue el colibrí, se escapó, como se escapan algunas oportunidades —dice don Rodrigo. —¿Cómo cuáles? 
—El Perú siempre pierde las oportunidades de convertirse en un país cada vez más justo eligiendo equivocadamente a sus gobernantes. 
—Es verdad; pero no entremos todavía a la política ¿cómo va el libro sobre Arguedas, podría adelantar algo? 
—Bueno, el libro debe responder a las siguientes preguntas: ¿Cómo estaba el Perú antes de Arguedas; cómo era el Perú en el tiempo en el que vivió Arguedas; y cómo está el Perú, ahora, sin él?
—Es muy ambicioso, como siempre. 
—Aún hay tiempo para lograrlo. Se presentará en uno de los homenajes que le harán al autor de “Los ríos profundos”.
Libro de canciones 
—Don Ricardo Dolorier, autor de “Flor de Retama”, es un hincha, como muchos, de su libro La sangre de los cerros, que es una antología de las canciones en quechua. 
—Es una antología de la poesía quechua que se canta en el Perú o la poesía quechua cantada. —¿Es verdad que volverá a editarse? 
—Estamos en conversaciones con la Universidad Ricardo Palma; pues las ediciones anteriores han volado. 
—Por la rigurosidad del contenido, hay gente que quiere saber cómo hizo el libro. —Lo hicimos mis dos hermanos (Edwin y Luis) y yo. Tiene una larga historia la hechura de aquel texto. Nace cuando ya era antropólogo. Luego de la muerte de Arguedas, la preocupación por el estudio serio sobre la canción en quechua había bajado mucho, entonces yo convencí a mis hermanos para aprovechar lo que cada uno sabía e hicimos una obra, digamos, valiosa. Hicimos un registro de 1300 canciones en quechua desde el norte de Áncash hasta Puno e incluso recogimos las canciones de una parte de la Amazonía. Trabajamos dos años de manera constante. De todo lo recopilado publicamos sólo una selección de 333 canciones, con sus respectivas traducciones y además las partituras de las canciones transcritas por Raúl R. Romero y Rosalina Vásquez. 
—¿Cuál fue el filtro para la publicación de las 333 canciones? 
—Pusimos las canciones que consideramos de mejor calidad en todo sentido, fuimos muy rigurosos. 
—Hay varias canciones con contenido político, ¿verdad? He leído algunas. 
—Claro, pero no son las canciones de protesta de la década del 70, que buscaban hacer, digamos, la revolución con un verso. Por ejemplo, hay canciones de amor que incluye una visión política, qué está pasando con el ganado, qué daños están haciendo las minas, qué le pasa al maizal ante la invasión de los mineros, etc. La política está en todo. 
El alfabeto 
—¿Cómo solucionaron el asunto del alfabeto del quechua? 
—Hablamos con los lingüistas Rodolfo Marcial Cerrón Palomino y Madeleine Zúñiga Castillo. Ellos nos ayudaron y nos recomendaron que debiéramos basarnos en los Acuerdos de La Paz de 1954 y la Enmienda de San Marcos de 1983. Eso hicimos. 
—¿Mosca Azul edita el libro por primera en 1987?
—Los mil ejemplares volaron. Tiene muchas anécdotas este libro. En las jaranas, por ejemplo, los músicos y cantantes se expresaban con bibliografía. Con libro en la mano, decían, por ejemplo: vamos a cantar la canción número 171. 
—La segunda edición corre a cuenta de la Universidad Federico Villarreal. 
—Sí, gracias Abelardo Oquendo, quien junto a Mirko Lauer había editado el libro la primera vez. Cambiamos el formato y la carátula se la encargamos al gran artista plástico Jesús Ruíz Durán y todo salió mejor que la primera edición. 
—Para la nueva edición de la Universidad Ricardo Palma se van a incluir nuevas canciones. 
—Yo creo que sí, porque en estos 25 años que han pasado después de la primera edición hemos recopilado más canciones quechuas. No son muchas; porque ahora la gente excepcionalmente escribe o compone en quechua. 
Nuevo libro 
—¿Por qué no sale ya el libro suyo sobre… 
—Porvenir de la cultura quechua. 
—Sí. Puedo adelantar algo sobre su texto. 
—Abordo en uno de los capítulos del drama de los que al llegar a la ciudad con su lengua originaria, que al tratar de conquistar el castellano, se quedan en intermedio flotando, digamos, con algunas excepciones por su- puesto. 
—¿Cuándo aparece este libro?
—Estamos esperando que salga del horno. Después de 10 años de trabajo, en 15 capítulos de 634 páginas exploro lo que está pasando con la cultura quechua, en la política, en la economía, en el canto, en el teatro, etc. El ambiente es Villa el Salvador. Es la historia de Villa el Salvador, de los pobladores que han hecho Villa el Salvador. Hablo sobre la suerte que corre la cultura quechua al instalarse en un arenal, donde la gran tradición de la reciprocidad se recrea con programas como el Vaso de Leche, los comedores populares. Tengo algunas conclusiones: La cultura quechua desaparecerá si es que las cosas siguen tal como ahora. 
—Es irreversible, entonces. 
—No, hay otra conclusión. Si nos ponemos las pilas, si nos organizamos políticamente, si tomamos, por ejemplo, la lecciones de Bagua, del movimiento indígena amazónico, entonces podríamos revertir las tendencias de desaparición que hay y así podríamos tener una cultura quechua salvada, capaz de seguir creando, capaz de seguir enriqueciéndose. 
Elecciones 
“Yo no veo en la campaña municipal que pueda haber nada serio que pueda producir un cambio en el país. Se trata de elecciones para resolver los graves problemas de Lima, nada más. No vemos aún, por ejemplo, una visión del país de Fuerza Social”, dijo. 
—Sin embargo, Susana y Flores representan dos visiones del país, una de una izquierda, digamos nueva, y la otra de la derecha de siempre. 
—Yo creo que Fuerza Social es una opción que puede unificar ciertos sectores, de lo que se pude llamar una izquierda nueva; pero el país necesita más que eso. Digo que el país necesita cambios estructurales desde abajo. Yo he escrito que debemos aprender las lecciones de Bagua, que nos está marcando el camino para que de aquí a 10 o 15 años aparezca una alternativa política nueva. Para cambiar al país no se trata sólo de buscar un poco de poder en el Congreso, por ejemplo. Después de Bagua existe la sensación en el pueblo de cambios sustanciales. Yo hablo con la gente del pueblo en quechua y en castellano elemental y abajo lo que la gente dice es necesitamos un hombre como Pizango, no sabemos si la figura de Pizango está a la altura del proyecto, podría ser que sí, podría ser que no. Digo que para mejorar el país se necesita cambios sustanciales.  
Hildebrandt y Supa 
“Se encuentran dos señoras y dos culturas. La señora Supa representa lo que debe ser el futuro del país, con un Congreso donde haya la expresión de todas las lenguas existentes en el país, a pesar de todos los errores y que la gente se exprese como sabe y que no se requiera de un título de Oxford para hacerlo. Supa representa el futuro que el Perú debiera tener. La señora Hildebrandt, a su vez, representa el pasado; representa el poder colonial, la colonialidad del poder; representa el Estado criollo de 1821. Sabemos que los criollos organizaron el país para ellos y excluyeron al resto, a los hermanos de Supa. Entonces en 1821, la señora Supa no tenía ningún derecho. Ahora tampoco lo tiene, porque le dicen que primero debe ir a Oxford antes de ocupar un cargo, que aprenda primero el castellano. Las dos señoras representan la confrontación. De un lado las culturas en el país, no una, las culturas en el país, y del otro, la vieja tesis colonial de que los indios aprendan castellano y que los indios dejen de ser lo que son. Todo esto cuando en el mundo hay una efervescencia indígena extraordinaria. En Bolivia, hay un gobierno indígena; en Ecuador hay un presencia del movimiento indígena fuerte”. [1].

Paco Moreno
Redacción 
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